Lo que se quebró en el siglo XIX fue el Estado confesional, para dar paso al Estado laico, democrático y moderno. Al principio muchos intelectuales progresistas, como el mismo Darwin, temieron que, al desaparecer la contención moral de la religión, las masas se despeñaran por la barbarie abajo. Un recelo paternalista, desde luego: les daba miedo que los pobres supieran lo que ellos sabían. Pero, con el tiempo, los pobres supieron, y también los ricos, y los de clase media, y la sociedad no se hundió en el salvajismo, porque los valores éticos no son un atributo de los dioses, sino de los seres humanos; y somos nosotros quienes se los hemos prestado a las divinidades, y no al contrario.
La muerte de los dioses ha sido un acontecimiento de primerísima magnitud, un cataclismo capaz de interrumpir una inercia social que llevaba milenios funcionando. Como es natural, un cambio tan drástico no puede darse sin que se active la reacción contraria, el contraataque retrógrado. Esta es la razón principal del repunte del fundamentalismo: sobre todo islámico, pero también, intentando aprovechar ese rebufo, cierto integrismo oportunista cristiano. No es casual que la Iglesia Católica haya condenado las viñetas de Mahoma, reclamando la prohibición de osadías semejantes; ni que aumente por doquier el empuje del creacionismo pseudocientífico, unos cantamañanas que pretenden volvernos a contar el cuento de Adán y Eva. Y desde luego no es nada casual que el arzobispo de Canterbury haya roto una lanza a favor de la implantación de la sharia o ley islámica. Se ve que incluso los enemigos acérrimos pueden aliarse momentáneamente para obtener un beneficio mayor, a saber, volver a poner en pie sus antiguos dioses omnipotentes. Y una vez conseguido eso, tras haber vuelto a mangonear sobre la ley humana, podrían volver a matarse los unos a los otros tan ricamente. Recuperar el Poder bien vale la sangría de unas cuantas cruzadas. Esto es lo que hay: esta es la verdadera guerra que ahora libra el mundo. No es un conflicto entre musulmanes y cristianos, ni tampoco entre Oriente y Occidente, sino entre la sociedad laica y los servidores de los dioses, que en definitiva solo se sirven a sí mismos. Es el viejo combate entre civilizados e iluminados.
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